Fingió ir al baño, pero silenciosamente salió de su cabaña en dirección a la de su prometido, que se encontraba en la otra ala del complejo campestre. Para evitar ser vista y que le echaran la bronca por lo de la mala suerte si la veían con el vestido antes de la boda, optó por ir por una zona de bosque trasera. Todos estaban en la zona de los jardines, así que probablemente no la pillarían corriendo por ahí.
Con mucho sigilo llegó hasta la cabaña. Pensó que su prometido estaría con sus amigotes, tal vez lo estarían incitando a beber o algo, pero seguro él se negaría. Para Johana, su hombre era el hombre ideal, el tipo de macho al que los otros hombres deberían aspirar, se consideraba la envidia de sus amigas.
La puerta de la cabaña estaba cerrada con llave. Decidió ir por la ventana trasera, sorprenderlo. Al final la que se sorprendió fue la propia Johana al ver que sobre la mesa se encontraba su prometido recostado apoyando sus pies sobre una silla, encima de él estaba la mujer, una rubia con una voluptuosidad equilibrada, tenía los pies sobre la mesa y se sostenía agarrando el respaldo de esa silla. Su futuro marido sostenía a la mujer por encima de las rodillas, pero era ella quien llevaba el ritmo, un ritmo increíble que hacía que aquel par de gigantes tetas saltarán descontroladas junto con aquel collar.
Johana sintió un mareo que casi la tumba, su cabeza se calentó y empezó a ver nublado. Sintió ganas de vomitar y las lágrimas se hicieron camino por sus mejillas. Estaba acurrucada debajo del alféizar. A pesar de que esas cabañas tenían una insonorización increíble, los sollozos, gemidos y jadeos de placer llegaban a sus oídos, retumbando con toda fuerza que hasta sintió un zumbido ensordecedor.
Abatida, volvió a ver, quería confirmar algo que había visto pero que se negaba de forma rotunda a aceptar. La mujer tenía una sonrisa de placer que no podía con ella, era la que dominaba la faena. Se le notaba lo curtida y que sabía dar y recibir placer. Antes del impacto de ver la escena no la había identificado, pero ahora con terror veía que la cerda que se estaba cogiendo a su prometido era su suegra, la madre de su enamorado.
Estaba horrorizada, ya no era simplemente los cuernos, era el pecado más espantoso lo que ocurría dentro de aquella maldita cabaña. Si alguien más era testigo de aquello, la vida de madre e hijo se verían arruinadas por el escándalo. Pero de pronto un cinismo brotó dentro de Johana, debía admitir que el par se lo pasaba en grande, siempre había envidiado a su suegra, por su increíble cuerpo, por ser una mujer carismática, por su buen gusto, por su matrimonio estable, pero en aquel momento la envidió más que nunca porque sobre quien subía y bajaba era el cuerpo del hombre que más amaba, del hombre que ambas más amaban.
A pesar del dolor algo la mantuvo allí, esperando hasta que su hombre con un bramido salvaje se corrió. Él se incorporó y con un beso apasionado y sincero dieron por finalizado el polvo. Su suegra tomó el condón y le hizo un nudo, para finalmente guardarlo en su elegante bolso. Ya no había más que ver, el par se arreglaría para el gran evento del día y ella debía volver antes de que alguien notara su ausencia.
De camino a su cabaña, Johana no pudo evitar pensar si su prometido la amaba igual que a su madre, ahora los celos la carcomían, pero con una madurez que la sorprendió a ella misma, entendió que de ahora en adelante tenía todas las noches disponibles para ser la primera mujer en la mente de su hombre, trabajaría por ello.
Un par de horas más tarde ambos dieron el sí, en medio de la alegría de los invitados, incluyendo su suegra, que con total descaro se atrevió a recordar su propia boda y a mencionar lo feliz que era. De más está decir que en algún momento su suegra le pidió a su ahora marido que la acompañara, Johana supo que harían alguna cerdada, pero se guardó la rabia. Perdió el primer round, pero estaba dispuesta a dar batalla.

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